70.000
Esta era la cifra escalofriante que publicaban los periódicos. Todavía tengo el corazón encogido. Setenta mil abortos en España cada año. Setenta mil niños asesinados por los profesionales de la salud, con la complicidad de sus padres. Porque esto es el aborto provocado, la destrucción de una vida humana inocente e indefensa por unos pretendidos profesionales de la salud a quienes unos padres desaprensivos o aturdidos convierten en profesionales de la muerte. No pretendo condenar a nadie. Sólo quiero invitar a pensar serenamente sobre la cuestión, al margen de adscripciones religiosas o políticas. Si es que es posible.
Hay un punto de partida ineludible. Los fetos, los embriones ¿son seres humanos o son un conjunto inanimado de células? Hoy no hay científico serio que niegue el carácter de organismo y por tanto de ser humano individualizado a los fetos y aun a los embriones. Son seres humanos, y por lo tanto personas, en la fase inicial de su desarrollo, pero dotados de todos los principios internos para desenvolverse y crecer hasta llegar a ser adultos, con tal de que sean adecuadamente alimentados en cada fase de su existencia. Destruirlos es matar una persona humana. Así de sencillo y así de terrible.
Se argumenta con frecuencia a partir de los trastornos que lleva consigo una maternidad (o una paternidad) no deseada. De hecho un alto porcentaje de abortos corresponden a los hijos de madres (y padres) jóvenes, casi adolescentes. Aunque también es verdad, una dolorosa y vergonzosa verdad, que otros muchos están reclamados por padres casados y adultos que se han visto sorprendidos por un hijo inoportuno.
Decir que el remedio para estas situaciones es el aborto, es lo mismo que decir que el remedio para reducir los gastos de sanidad es matar a los enfermos. Claro que también hay quien defiende y practica la eutanasia.
El verdadero remedio está en la educación. En vez de alentar a los jóvenes a practicar el “sexo seguro” lo que hay que hacer es ayudarles a integrar su sexualidad en la vida personal y convertir una realidad biológica e instintiva en signo e instrumento de un verdadero amor, firme y estable, entre personas sexualmente complementarias. Para no verse en la tentación de hacer matar al hijo, lo mejor es vivir la sexualidad en su plenitud humana como signo de amor personal e irrevocable y apertura a la vida de otras personas posibles.
Y la segunda parte del remedio contra el aborto es desarrollar en nosotros un respeto absoluto a la vida humana, en cualquier circunstancia, sin hipocresías ni juicios interesados. Si estamos contra la violencia y contra la pena de muerte, si se castigan los asesinatos de los adultos, cómo podemos justificar, permitir y menos alentar la muerte violenta de los hijos antes de que nazcan? ¿Tan importante es el tamaño? Si cuidamos más la vida de un niño que la de un adulto, ¿por qué no cuidamos todavía más la vida de un niño en esa fase tan hondamente humana en la que comienza su vida arropado en las entrañas de su madre? Amar la vida del hijo requiere ser buenos también con la madre y ayudarle en sus angustias y necesidades.
No tiene que ver nada la confesionalidad en esta cuestión. Es pura moral natural apoyada espontáneamente por cualquier conciencia recta y medianamente ilustrada. Los hombres de opinión, los comentaristas, los políticos, en el gobierno o en la oposición, deberían asumir la tarea de empujarnos hacia un verdadero progreso, no sólo en economía y en bienestar, también en sensibilidad y rectitud moral, entre otras cosas, en un respeto a la vida cada vez más sincero y consecuente. Eso sí sería progreso. Lo contrario es regresión.
Los cristianos, que adoramos al Dios de la vida, que conocemos el mandamiento de Dios a favor de la vida, que queremos ser discípulos de aquel Jesús que bendecía a los niños y curaba a los enfermos, tenemos que ser luchadores incansables contra la permisividad del aborto, defensores decididos de una visión y ejercicio verdaderamente humano de la sexualidad, abiertamente contrarios a cualquier atentado contra la vida de nadie. La vida es un don de Dios que nadie puede destruir. Quienes pretenden disponer de la vida de los demás pretenden suplantar a Dios y caen en los lazos del demonio. Aquí más claramente que en otros casos, el desprecio de Dios engendra muerte y amargura.
Fernando Sebastián Aguilar.
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