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A los amigos de la Cofradía del Stmo. Cristo de la Vera-Cruz.
 

A los amigos de la Cofradía del Stmo. Cristo de la Vera-Cruz, de María Santísima de la Soledad y del Santo Sepulcro en Alhaurín el Grande.

Tengo ya un cierto parentesco con vosotros desde que me habéis dado hospitalidad en vuestra página web. Por eso me atrevo a enviaros este comentario ante esa iniciativa tan admirable como arriesgada de representar en vivo la Pasión de nuestro Señor Jesucristo.

No me extraña que os tiemblen las piernas de emoción y os arda de amor el corazón al sentiros protagonistas de esta representación. Es verdad que unos personajes son más importantes que otros, pero no importa, todos juntos representáis, vivís y hacéis revivir aquellos acontecimientos que son el centro de la historia del mundo.

Sí, sin exageración, la muerte en la Cruz de Jesucristo, el Verbo de Dios encarnado, junto con el hecho radiante de su resurrección, forman, unidos inseparablemente, el acontecimiento más importante de la historia del mundo.

La muerte del Señor en la Cruz es el acercamiento más grande de Dios a nosotros, nos da a su Hijo, lo deja morir en la soledad de la Cruz , a manos de unos pobres hombres insensatos y crueles, para nuestra salvación. Por amor nuestro, Dios deja a su Hijo en nuestras manos pecadoras. Jesucristo, con su fidelidad hasta la muerte, rompe de una vez para siempre el poder del Mal en el mundo, vence el poder del demonio, de la mentira, del odio, de la soberbia, de la rebeldía y afirma, por encima de todo, la confianza en Dios, la obediencia, la inocencia, el perdón, la bondad, la misericordia, la esperanza, el triunfo y el gozo de la vida en las manos de Dios. Desde entonces el mundo es diferente. Somos libres, libres del poder del Mal y libres de nosotros mismos, de nuestra soledad, de nuestro egoísmo, de nuestra desconfianza, tenemos abierta para siempre la puerta de la Casa de Dios. Jesucristo es el Camino para la vida eterna, la Puerta del Cielo abierta para todos los que crean en El y le sigan.

Muerte y Resurrección son el signo de una misma cosa, signo y manifestación del amor infinito de Dios por cada uno de nosotros. Triunfo definitivo del Justo inocente, triturado por los pecadores y bendecido por Dios. En la muerte, su carne rota es un signo doloroso; en la resurrección, su cuerpo resucitado es la manifestación espléndida del amor poderoso de Dios y de la vida triunfante del Justo perseguido.

Son acontecimientos inmensos que no pasan nunca. Son la clave y el fundamento de nuestra vida. No pasa nunca el amor de Dios que se derramó sobre el mundo en aquel viernes sombrío y luminoso. No pasa nunca el resplandor de Cristo resucitado. De la Muerte y Resurrección de Jesucristo nos viene la luz para comprender el sentido y la verdad de nuestra vida. En esta muerte y en esta resurrección aparece la verdad de lo que somos y vivimos. La verdad de la vida es la confianza en Dios que nos ama infinitamente en Jesucristo, la verdad de nuestra vida es el amor y la fidelidad a este gran amor de Dios que está en Jesucristo, la verdad de nuestra vida es la esperanza de la resurrección que nos sostiene y nos guía en la lucha de cada día.

Por eso la humanidad necesita conservar viva la memoria de estos hechos literalmente fundamentales, fundamento de nuestra vida y de nuestra cultura. Los cristianos los recordamos sacramentalmente cada vez que celebramos y vivimos la Eucaristía. Otra manera de celebrarlo, muy expresiva y muy humana, es esta representación admirable que vosotros hacéis cada año con tanto esfuerzo, tanto amor y tanta maestría.

Está muy bien que pongáis gran empeño en hacerlo todo muy bien, cada detalle, cada gesto, cada palabra. Tratad de llevar a todos los presentes la hondura y la emoción de aquellos momentos originales que también ahora están presentes. Pero sobre todo, lo más importante para vosotros es que logréis entrar vosotros mismos en el interior de lo que estáis representando, de lo que estáis reviviendo. Una corriente misteriosa de fe y de amor os tiene que llevar hasta los momentos originales, sintiendo y viviendo como una realidad dentro de vosotros lo que estáis haciendo presente entre todos. El amor de Cristo está ahí, el amor y el dolor de la Virgen están ahí, las palabras y las cobardías de unos y otros, la soledad y la grandeza del Señor ofreciéndose como el único Justo por la salvación de todos los hombres, el gran amor de Dios que nos abraza a todos con el perdón universal y sus promesas de vida eterna están ahí, son cosas reales que se hacen presentes por medio de vosotros. Vosotros sois el eco, la memoria amorosa de lo que allí pasó, sois más que la memoria, sois la continuidad de la entrega y del amor de Jesucristo en nuestro mundo, para que nadie se olvide, para que nadie pierda el camino verdadero de la vida, para que ese mismo amor crezca en vosotros y transforme vuestras vidas. Así será, sin duda, gracias a la bondad de Dios que tanto os quiere y a vuestra fe sincera, cargada de buena voluntad.

Os envío un saludo fraterno. Que el amor del Señor, vuestro Señor del Convento, y la fe de la Virgen María , María Santísima de la Soledad , arraiguen y crezcan en vuestros corazones.

 

Fernando Sebastián Aguilar.


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