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Semana Santa
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Carta a los hermanos de la Cofradía de la Vera-Cruz. Cuaresma 2009.
 

La Cuaresma nos dice siempre algo importante. Los cristianos de ahora necesitamos escuchar con atención este mensaje. No es raro encontrar personas que esperan la Semana Santa con ilusión, pero no prestan ninguna atención a la Cuaresma. Y sin embargo la Cuaresma es el tiempo que la Iglesia quiere que dediquemos a preparar las fiestas de la Pascua, en las cuales están incluidos los días y las celebraciones de la Semana Santa. Por eso, en estos momentos, es casi obligado hablar de la Cuaresma.

Tenemos el peligro de la rutina, pero tenemos sobre todo el peligro de la indiferencia. Si queremos, no solamente celebrar externamente nuestros cultos de Semana Santa, sino vivirlos intensamente en nuestro interior, entonces tendremos que preparar el espíritu para que durante esos días santos estemos realmente donde hay que estar y sintamos como hay que sentir.

Celebrar la Pasión del Señor es mucho más que recordar unos acontecimientos ocurridos hace dos mil años, es celebrar el amor infinito de Dios que envió a su Hijo para que fuera nuestra salvación, es conmoverse por dentro al pensar que el Señor nos amó y se entregó a la muerte por nosotros, por librarnos de los pecados, para abrirnos el camino de la vida verdadera.

Creer esto significa reconocernos pecadores, gente equivocada, gente débil que en la vida real nos dejamos llevar de las apariencias y no estamos viviendo correctamente. En nuestro mundo hay muchas cosas que son pecados contra la sabiduría y el querer de Dios que sin embargo se van admitiendo como si fueran cosas buenas, así ocurre con la mentira, el fraude, el aborto, la lujuria. Siguen siendo cosas malas porque van contra la voluntad de Dios y destruyen el bien y la felicidad de las personas.

La raíz de todos los pecados es el olvido de Dios, la falta de amor hacia Dios, falta de gratitud, de confianza y de obediencia. No acabamos de creer que Dios es lo más importante de nuestra vida, nuestro mejor tesoro, el principio y la garantía de nuestra vida. Tendríamos que vivir habitualmente en relación de amor con El.

Este es el mensaje del Señor. Nos dice que no somos buenos, no porque hagamos muchas cosas malas, sino porque no amamos suficientemente a Dios que es nuestro Padre, porque no tenemos confianza en El, porque no le obedecemos con gusto y con agradecimiento. Tenemos que obedecer a Dios, pero no por temor sino por amor, porque El nos quiere y nos protege y quiere siempre nuestro bien. A este amor tenemos que corresponder con nuestro amor, teniéndole siempre presente, haciendo por El muchas obras buenas. Esto es honrar la memoria del Señor.

Jesucristo, nuestro Señor, vivió y murió para convencernos de esta verdad que ilumina nuestra vida y nos libra de todos los errores del pecado: Dios nos ama, Dios es nuestro Padre, Dios es nuestra Vida, ahora y siempre. Los jefes judíos no quisieron escuchar este mensaje. Ellos querían un Dios que fuera sólo para ellos, no querían un Dios misericordioso que se compadeciera de los pecadores. No querían un Dios abierto a todos, Padre de todos, sin distinción de razas ni de tiempos ni de lugares. Jesús, con libertad y fidelidad, predicó su mensaje hasta la muerte, sin temor, sin ambigüedades. Y murió en la cruz por ser fiel a la misión que había recibido, anunciarnos la bondad de Dios para que en El encontráramos la salvación, la verdad y la garantía de nuestra vida, en este mundo y en el otro. Por eso, por su fidelidad hasta la muerte, el Padre del Cielo lo resucitó y lo hizo Señor de Cielo y Tierra, Señor de la historia.

Celebrar ahora la Pasión, sacar a la calle la imagen del Señor ofrecido por nosotros, es como gritar, ¡gracias, Señor!, gracias a Ti podemos tener esperanza, gracias a Ti vivimos en la verdad, gracias a Ti sabemos que tenemos un Padre en el Cielo que es fuente de vida verdadera y eterna. Eso nos hace felices y nos libera de nuestros errores y mentiras. Lo gritamos con nuestros gestos, y tenemos que demostrarlo con la vida.

Fernando Sebastián Aguilar.


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